Voces del Filba: Walter Lezcano, la literatura y el rock para soportar la vida

Por Nicole Giser

“A veces fantaseo con la posibilidad de conseguir 20 lucas por mes y no hacer nada más que leer y escribir”, dice Walter Lezcano. Los libros fueron, al principio, un lugar donde esconderse de la realidad, que lo acomplejó desde chico. 

Nació en Goya en el 79, pero sus primeros recuerdos son en la Capital, moviéndose de casa en casa con su mamá. A su papá nunca lo vio. Leía lo que aparecía en el hogar: las historietas de Condorito o El Zorro fueron un refugio, una forma de escapar de asuntos como la relación violenta entre su madre y el novio, el primer “patriarca de la familia”. Más tarde encontró a Mario Benedetti y a Pablo Neruda y se sumergió de lleno en la poesía. 

La secundaria fue su “paso por la cárcel”. Escuela técnica de varones doble turno: “Siempre me gustaron mucho las mujeres. Era terrible estar rodeado de monos, todos luchando por ser el dueño del pabellón”. Se prometió a sí mismo nunca más estudiar nada y así fue por unos años, hasta que decidió cursar el Profesorado de Lengua y Literatura. “Odiaba el colegio, entonces la música y la literatura empezaron a ser mi institución, a la que yo le daba bola. Odiaba estar en casa y empecé a pasar mucho tiempo en la calle, en recitales”, cuenta mientras se toca el pelo, una melena revuelta que lo pinta de Slash, su “héroe de la adolescencia”. 

Todos ustedes a los que alguna vez les dijeron negros de mierda son mis hermanos, dice un poema del libro “Violencia Doméstica”, que publicó en 2016. “Lo incomprensible y lo caótico de la poesía me ayuda a entender cosas de mi vida cotidiana”, subraya el escritor, que fue uno de los invitados a leer en la Noche de Poesía del 11º Festival Internacional de Literatura (Filba). “La poesía sigue siendo el motor del mundo. Me parece interesante cómo el lenguaje poético va mutando y la gente lo adopta como algo propio de su vida”, dice sobre la poesía del siglo XXI. “No me interesa en absoluto entrar en el debate de si es buena poesía o no, eso es ponerse la gorra y yo odio a la policía”, agrega en referencia a la relación entre el género literario y las nuevas generaciones, y sus fenómenos como el de poesía en las redes sociales.

Su peor enemigo es el aburrimiento. Tanto la poesía como el periodismo son, para Lezcano, “formas de indagar la realidad para entender la vida, y el tiempo que nos toca estar en la tierra”. Escribe para soportar la vida: en sus poemarios aparecen el sexo, las canciones de Bowie o las cervezas frías en enero en Buenos Aires como sustentos para atravesar la existencia. Conoció a la mujer que sería el amor de su vida a través de la canción Paloma de Andrés Calamaro. En 2018 publicó Días Distintos: la fabulosa trilogía de fin de siglo de Andrés Calamaro, y Luces Calientes, una novela situada en la tragedia de Cromañón, que homenajea a su generación en su búsqueda por la felicidad en el rock. 

“Es un mal momento para el periodismo pero bueno para los periodistas. Ya nadie cree en los medios, hay más vínculo con la firma. El redactor le da validez a su propio trabajo”, asegura él, que como periodista freelance colaboró en medios como La Nación, Clarín y Revista Anfibia entre otros. “Nos está pasando lo que pasa con cualquier gobierno de derecha latinoamericano, destruyen cualquier posibilidad de progreso humano. Destruyen el país y a seres humanos, vuelven a su casa tranquilos, comen, se van de vacaciones. El modo en que se manejan es la anti-política”, opina sobre el gobierno actual y la situación económica del país. 

 

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