Voces del FILBA: Olivia Gallo, escribir “para cualquiera que lea”

Por Milagros Vallejos Soto

Olivia Gallo tiene 24 años, estudia la carrera de Letras y el mes pasado publicó su primer libro. Las chicas no lloran, recopila sus cuentos más recientes y más antiguos en las mismas páginas; y estas últimas semanas se mantuvo dentro de los más vendidos en la librería de Eterna Cadencia. La escritora fue una de las voces jóvenes que dio a conocer el FILBA, y que participó activamente del festival. 

Las chicas no lloran 

Su vocación nació dentro de una familia muy involucrada con la literatura. En su casa siempre se leyó mucho y, al tener una madre editora, los libros siempre estuvieron a su alcance. “Es algo que tengo en mi cabeza desde chica, suena medio cursi decirlo pero siempre supe que quería hacer algo con eso”, cuenta con un poco de vergüenza. A los 17 años decidió que finalmente lo haría, y comenzó a ir al taller de escritura de Santiago Llach. Fue en ese proceso que sus textos tomaron forma. “Ahí empecé a hacer de mi escritura algo más consciente”, sostiene.

En Las chicas no lloran, todos los cuentos están narrados en primera persona, siempre desde la voz de una mujer, entre la adolescencia y la temprana adultez, como un pequeño juego que crea la ilusión de que es la misma escritora la protagonista de todas las historias. “Me cuesta mucho la tercera persona”, explica Gallo. En sus primeros escritos, su método más intuitivo recurría usualmente al narrador omnisciente. Pero una de las cosas que aprendió en el taller de Llach fue a manejar la primera. “Creo que al usarla bien podés entender más al personaje, acercarte más, aún en géneros como la ciencia ficción”, agrega. Aprendió que de esa forma, le es más fácil “soltar” algunas cosas que como escritora a veces le es difícil “desarmar”. En este proceso, también descubrió que le es difícil alejarse totalmente del protagonista. “Me cuesta ponerme en otro lugar”, reflexiona, “es medio natural que sean chicas de mi edad, porque me resulta más fácil acercarme de esa manera”. Para el libro, no fue una elección consciente que todos los textos tuvieran la misma voz narrativa. “De hecho, a mí me sonó un poco raro que el libro fuera todo así, pero por otro lado me pareció que le daba más sentido de unidad” cuenta. 

Esa narrativa tan personal, que por momentos genera la impresión de tener un destinatario definido, en realidad no lo posee. Cuenta que por mucho tiempo escribió para sus compañeros de taller, y aún está distante de imaginarse cómo dirigirse a un público más masivo. “Pero pienso que, ahora, escribo para cualquiera que lea”, afirma. 

Su proceso para estos cuentos, que fueron escritos durante los últimos cuatro años, siempre fue distinto. “En general hago la mayor parte de una sentada y después voy retocando cosas; fue variando, en algún momento quizás se me ocurrió algo y lo escribí”, cuenta. Muchas de sus ideas surgieron de alguna imagen . No es prolìfica, no necesita escribir todos los días. También porque, según ella, le cuesta.  “Disfruto más escribir ahora que cuando escribí los cuentos”, confiesa. Reconoce que lo que más disfrutaba era la parte de construir dentro de un taller y compartir con otros. Pero también dice: “Soy muy autocrítica, no me termina de convencer mucho nada”. No disfruta de todo el proceso, pero llegó a una meta que la enorgullece: “Ahora, también porque estoy un poco más grande, puedo permitirme que no me guste lo que escribo”.

La Olivia Gallo de Las chicas no lloran se comunica igual que la Olivia Gallo que sale a fiestas y sube historias a Instagram. Lejos de adecuarse a un lenguaje “formalizado”, utiliza las mismas palabras y expresiones que ella y su generación usan a diario. Habla de “telos”, de “previas”, de redes sociales y de “fumarse un porro”. “Creo que siempre es mejor escribir como se habla, ponerse a escribir de otra manera queda forzado y te alejás”, explica, “por eso me fue natural poner los términos que se usan ahora, ayuda al relato, a que esté más cerca”. Sin embargo, no se asocia a sí misma dentro de los autores de su época. “Siempre me gustó la idea de los escritores de una década, porque me divierte imaginármelos como un grupo”, dice, pero agrega que finalmente nunca termina de quedarle del todo claro a qué refiere ese concepto o quiénes quedan afuera: “No lo pienso en mi escritura, es un momento y es la gente que escribe en este momento, nada más”. 

 

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