Voces del FILBA: Emilio García Wehbi, la libertad al servicio del hombre

Por Gastón Cuneo

El teatro también propone riesgos estilísticos y formales. Esto pareciera tenerlo bien en claro Emilio García Wehbi (Buenos Aires, 1964). “Artista interdisciplinario y autodidacta” -como se presenta a sí mismo en su propia página-, más cercano a la experimentación, afirma que “el teatro tiene la potencia de expandir sus límites hasta lugares insospechados”. Su desempeño se extiende a más que solamente un director teatral: es también régisseur de ópera, performer, actor, artista visual y docente. El FILBA le hizo un espacio en su grilla con un recorrido literario en la que participó acompañado por Juan Tauil y Ruy y Marcia Krygier, el sábado pasado. “Me nutro de absolutamente todo. Es decir, para mí no hay categorías, no es más importante Caravaggio que un cartel publicitario o una pintada en la calle, o que la revista Gente. Tiene el mismo nivel de potencia de información, no porque uno no pueda diferenciar entre lo alto y lo bajo”, explicó en una entrevista hace algunos años para Revista Humo, al ser consultado acerca de los materiales que elige para construir sus obras.

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Para un artista pueden variar las maneras de representar sobre un escenario distintos estados: García Wehbi lo hace de una manera fluctuante, pero sin perder una huella autoral. Realizó desde adaptaciones de clásicos bajo su propia óptica -Rey Lear y Hamlet, ambas de William Shakespeare; o Tiestes, tragedia griega de Séneca- hasta performances pensadas íntegramente por él. Hasta hizo una lectura performática de Moby Dick, de Herman Melville, que duró 23 horas y 45 minutos. “Para mí el proceso de creación no es placentero, sino de enorme insatisfacción, porque estoy recibiendo todo el tiempo una variedad de estímulos que se me aparecen en la calle, o cuando leo un material, o cuando duermo.”

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Blanco de halagos y de críticas, en sus obras hay algo que permanece indeleble: la capacidad de provocación y de búsqueda artística, de nuevos parámetros. Tal que durante una de las representaciones de Rey Lear, en el -ahora cerrado hace cinco años- Teatro Presidente Alvear, uno de los espectadores se levantó de su butaca y lanzó un escupitajo al escenario durante la función.

Durante casi veinte años trabajó con el Periférico de Objetos, grupo también fundado por Daniel Veronese -otro nombre clave de lo que se conoce como Teatro de los 90- y Ana Alvarado. Montaron once espectáculos. Arrancaron en el año 1989 y pensaron en desdoblar la idea del teatro de títeres. Siempre había sido pensado bajo una óptica infantil, pero, ¿por qué no usarlos también como un instrumento escénico para un teatro con una línea más adulta? Empezaron con una versión -en títeres- de Ubú Rey, de Alfred Jarry, que no tardó en demostrar que ahí había encerrado un lenguaje nuevo para la escena argentina. Estrenaron en otro espacio hoy desaparecido y aún mítico: el Parakultural. Dos años más tarde, en el 92, se lanzaron al vacío con un texto de creación propia, escrito por García Wehbi y Veronese: El hombre de arena. “El Periférico de Objetos nunca dejó de ser grato, pero ya estaba agotado porque se reconocían mecánicas, roles”, explicó acerca de su separación. Cada uno emprendió un camino distinto: hoy Veronese es uno de los directores más reputados del circuito comercial en Argentina y también en España, y Ana Alvarado participó con sus obras en varios de los festivales mundiales de teatro.

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García Wehbi también se manifestó como una persona “anti-institucional”: “Cualquier universidad de teatro o de arte tiene un nivel de mediocridad de la mitad para abajo. Produce y reproduce actores, gente que va a dirigir teatro. Entonces, de estas instituciones escapo, fugo”. Quizás, en esa última sentencia, está concentrado todo el teatro de Wehbi: la falta de institución, de reglas; la libertad puesta en escena, un desmadre, un aire más bien de underground. Un teatro del que subyacen las preguntas sin respuestas.

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