¿Qué es la literatura femenina?

Por Sofía Rey

¿Las escritoras se piensan como mujeres a la hora de escribir? ¿Hay una literatura más “de mujeres”? ¿Ser autoras implica tener algo en común? ¿Existe la literatura femenina? Alejandra Zina, Natalia Rozenblum, Cecilia Szperling y Carla Maliandi reflexionan, se piensan, y buscan en la historia de la literatura cómo responder a estos interrogantes tan presentes en la actualidad.

Mujeres escritoras
Alejandra Zina, Natalia Rozenblum, Cecilia Szperling y Carla Maliandi.

Haygentequenosabe-tapadoblada“Soy una mujer que escribe sobre varones, con lo que sé, con lo que imagino, con lo que percibo. No es indistinto”, dice Alejandra Zina, autora de Hay gente que no sabe lo que hace (Paisanita Editora, 2016), Barajas (Plaza & Janes, 2011), Lo que se pierde (Carne Argentina, 2005). Y cuenta que como “elogio” hacia su primer libro de cuentos, en el que todos los protagonistas eran varones de distintas edades, muchos colegas le decían que “no parecía escrito por una mujer”. Y ella pensaba: “No sé bien si está bueno lo que me estás diciendo”. Zina plantea también que “a un hombre no le preguntan ‘¿cómo ves la literatura masculina?’ No existe, a nadie se le ocurre, sería ridículo. La literatura de los hombres es toda. Pero desde el lado de las mujeres, está totalmente naturalizada esa pregunta”.

los enfermosNatalia Rozenblum, autora de Los enfermos (Alto Pogo, 2016) y encargada de la librería a puertas cerradas La vecina libros, en la última Feria Internacional del Libro de Buenos Aires participó de una mesa “en la que nunca quedó claro si la consigna era sobre literatura femenina o feminista”. “De pronto se intercambiaban los términos, no se entendía muy bien de qué estábamos hablando. Y la pregunta era esa, si lo femenino es por quien lo escribe, por quien lo lee, o por el contenido del texto. Es muy difícil delimitar eso”, cuenta. La literatura feminista, “que tiene que ver con llevar adelante los derechos, con poner algo de eso en juego en la escritura”, no es algo que ella sostenga como bandera. “Obviamente, soy mujer y escribo desde ese lugar, como soy judía y escribo atravesada por mi historia del judaísmo. Todo me define”, explica Rozenblum, que cuando escribe no se dirige a nadie en particular ni siente que deba pasar una consigna. “Para eso me dedicaría a otra cosa, no a la ficción. Pero en la Feria hubo alguien que dijo algo muy bueno: cuando somos las mujeres las que escribimos, es la mirada de las mujeres. Cuando escribe un hombre, es la mirada del mundo en general”.

maquinaproyectarsueños2Para buscar algunas respuestas, Cecilia Szperling, autora de La máquina de proyectar sueños (Interzona, 2016), Selección natural (Adriana Hidalgo, 2006), El futuro de los artistas (De La Flor, 1997), recuerda a las declamadoras poéticas. “Si escuchás a las poetas de los años ‘30, o los años ‘50, es claro que esa voz habla de una represión sexual muy fuerte, de una especie de catarsis. Como a la mujer se le permitía preparar la comida, se le permitía esa poesía. Entonces había algo ‒que creo que en su momento entendieron muy bien Batato Barea, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese‒, una parte loca de la mujer, una parte sexual, que aparecía como totalmente desbordada en ese recitado”. Pero para Szperling esa lectura solo puede hacerse desde la actualidad. “Nosotras ahora, como mujeres, no sé en qué parte de la historia estamos, cómo seremos leídas, ni qué estamos reflejando en lo que escribimos en relación a nuestra posición. Eso creo que se va a poder ver con más distancia luego. Más allá de lo que una escribe, en el momento de escribir sigue siendo una, te publiquen o no te publiquen, te premien o no te premien, te cueste o no te cueste. La voz es algo que una no puede reprimir, que tiene necesidad de salir. A algunas se las descubrirá cuando mueran, a otras se las descubrirá ahora. Eso es algo que está por verse”.

Por otro lado, Szperling reconoce que “hay una sociedad que está construida con el machismo, con el heteropatriarcado, con todo eso que estamos escuchando. Es así. Los espacios para las mujeres son más chicos en todas partes”. Y agrega: “Me parece que en estos últimos años se abrieron las puertas y dijeron ‘bueno, ok, salgan mujeres escritoras, las vamos a publicar’. Teniendo en cuenta que, quizás, fue una cosa comercial porque se hicieron esas investigaciones y encuestas que dicen que un alto número de los lectores son mujeres. Pero yo creo que hay que aprovechar este momento de apertura para pisar con energía y ganar terreno”.

la-habitacion-alemana-carla-maliandiEn este sentido, Carla Maliandi, actriz, dramaturga, directora y autora de La habitación alemana (Mardulce, 2017), dice: “Si revisás los catálogos de las editoriales actuales, me parece que la mayoría son mujeres. Entonces es rara también la pregunta, algo no están viendo. Me parece que hay algo de lo que decía Cecilia que es interesante”. Maliandi tiene un colectivo de trabajo junto a Bibiana Ricciardi y Aldana Cal llamado Rioplatensas. “Lo que hacemos es investigar escritoras sobre todo de principios de siglo XIX y XX. Y es muy difícil. Esas mujeres de la década del ‘50, Silvina Bullrich, Beatriz Guido, Marta Lynch, Sara Gallardo, se están redescubriendo. Pero si uno lee las críticas que tenían en esa época, las mataban. Meterse en la literatura y publicar, significaba volverse una persona pública. Estaba mal visto para la mujer, casi prohibido. Ser pública, o sea estar publicada, y la prostitución eran más o menos pareja”. Muchas firmaban con un nombre de varón o usaban pseudónimos, y por eso casi no se conocen. “Me parece que la pregunta sobre si existe una literatura femenina habría que pensarla en relación a eso: cuándo publicar dejó de ser un insulto para la vida de la mujer. Yo creo que hace muy poco. A mediados, casi finales, del siglo XX dejó de ser cuestionable. Hasta ahí la mujer tuvo que comerse todos los tremendos palazos impuestos por la sociedad. Ahora, sabiendo que los catálogos están llenos de mujeres, tendríamos que preguntarnos qué sucede, qué hay detrás de esa pregunta”, propone Maliandi.

“Hay una visibilidad que no había antes”, coincide Zina. “Ahora hay muchísimas escritoras que hacen cosas completamente distintas. Escritoras que son, aparte, best sellers, como J. K. Rowling. Y estas escritoras de los ‘80, Marta Lynch, Martha Mercader, Sara Gallardo también eran best sellers. Vendían a carradas”. A lo que Maliandi agrega: “Las tiradas eran de 40.000 ejemplares. Eso ahora no existe”.

tapa la imposible amistad FINAL ok copy.aiA partir de lo planteado por Maliandi, Szperling reflexiona sobre “la exhibición de ese cuerpo, esa persona, esa voz, sus opiniones, su despliegue público. Cómo puede la mujer brindarse en sociedad, cómo puede estar, hasta dónde puede largar. De repente veo muchísimas notas, cuando gana un premio un director de cine o un escritor, que dicen ‘charlamos todo con Juanita en la cocina’. Como que la mujer tiene ese lugar de laboratorio, que nutre permanentemente. Borges, Bioy, y Silvina eran tres genios, y Silvina en ese momento estaba en el cuarto, marginada”. Para la autora de La máquina de proyectar sueños, “esa actitud de los hombres de marginalizar a la mujer tiene un provecho. No es solo el provecho territorial de ‘encontré laburito en el diario y en el medio’. Sino también de la producción de ideas, de la producción literaria, de la producción de teatro. Habría que hacer un programa: Lo que pasa en la cocina o el living de este dramaturgo conocido, sobre todo de la época más machista que empieza en los ‘50, ‘60, y ‘70”. En ese momento, las mujeres estaban más preparadas, ya que podían estudiar más, y entonces se equiparaban. Ahí había una especie de vampirismo muy fuerte. Mientras ese mismo escritor le podía poner a una autora en una crítica ‘andá a lavar los platos’. Tenía un beneficio muy alto. Por ejemplo, si hoy uno ve las columnas de opinión, en el diario Perfil tienen, no sé, 33 escritores: 30 son hombres y 3 mujeres, a las que llamamos papisas, que pueden ser Angélica Gorodischer o Beatriz Sarlo. Mujeres que pasaron todas las rompientes y ahí están, no las pudieron bajar, no las pudieron silenciar. Lo mismo pasa en Ñ, lo mismo pasa en La Nación. Me gusta mucho una frase de Inés Katzenstein, que es una curadora de arte, que dice que las mujeres somos muy buenas secretarias de los genios. Entonces, vos entrás en las redacciones y lo que te dicen los hombres es ‘¡pero si todas son mujeres!’. Sí, las correctoras, las editoras, son mujeres. Pero, ¿al servicio de quiénes? Por eso, para mí, el último refugio de los escritores de la cultura machista son las columnas de opinión. Me parece increíble. Pero bueno, van a quedar como esos clubes de hombres, en los que se van a fumar el cigarro y no se aceptan mujeres”, concluye Szperling.

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