Martín Kohan: «Leer es tan amigable que parece que no es para uno»

Por Santiago Tami Arias, Jonatan Dalinger y Macarena Rodriguez

El escritor Martín Kohan fue uno de los invitados de esta novena edición del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, FILBA, que terminó este fin de semana. Kohan es autor de cuentos, novelas y ensayos, profesor de Teoría Literaria, doctor en Letras y, según cuenta, vive ajeno a los avances tecnológicos y no siente tener otra misión que leer y escribir porque la literatura es prácticamente su vida entera.

 

-¿Le gusta la dinámica que tiene el FILBA?

-El FILBA tiene una oferta y una organización muy buenas y diversas porque se nutre de distintos elementos de diferentes festivales de literatura de otras partes del mundo. Todo lo que aporte a poner en circulación los libros para mí es bienvenido. Hay que darle mucho valor a todo acontecimiento que ayude a difundir los libros más de lo que se difunden. Se pueden discutir modalidades, pero dada la situación actual de la literatura, que parece un tema menor que no le importa a nadie, que haya una propuesta como esta que trae mesas, debates, encuentros, lecturas, es algo muy propicio y valioso que hay que saber aprovechar.

Porteño nacido en enero de 1967, a los 50 años Kohan mantiene costumbres de cuando era más joven. Las principales tienen que ver con la lectura y con la escritura. Escribe a mano y lee en papel. En favor de su concentración, procura hacer ambas actividades en público, donde pueda ver la gente pasar a la distancia, y sus oídos perciban, aunque sea de lejos, el murmullo de los autos y los colectivos en la calle. Él mismo lo explica cuando dice que el silencio lo distrae. La calma que podría tener en su casa hace que se concentre, pero por un minuto, porque enseguida se dispersa. Por eso elige sentarse a tomar un café en el bar La Orquídea, en la esquina de Avenida Corrientes y Acuña de Figueroa.

Kohan nunca quiso ser escritor aunque publica hace 24 años. Lo primero fue La pérdida de Laura, en 1993. Desde entonces escribe novelas, cuentos y ensayos. Uno de los últimos es El país de la guerra, y vio la luz en 2014. El libro recorre la historia de la literatura argentina en clave de guerra y por lo tanto de violencia, el eje central del FILBA 2017.

En el Festival, Kohan dio una clase abierta sobre violencia en la literatura argentina. Allí, habló de El Matadero de Esteban Echeverría, quien utilizó la fuerza contra el otro como una tensión narrativa, que luego irá replicándose en otros textos. También habló de su propio ensayo, El país de la guerra. Habló de este libro como un análisis diacrónico sobre mitos de origen de la argentinidad hasta el presente. En sus propias palabras, “es una larga interrogación sobre las formas de la violencia, la legitimación de la violencia o su ilegitimación, bajo la premisa de que la historia argentina se puede analizar en clave de guerra”.

-¿Cree que la sociedad actual es violenta?

-Veo signos de violencia pero no sé si lo llamaría una época de violencia. Para los que hemos vivido realmente la violencia, estos no son tiempos como otros de la historia argentina. Algunos hechos de violencia cobran gravedad y merecen ser interrogados por la historia y por la literatura. Por ejemplo todo lo que está pasando con Santiago Maldonado. Todo indica que Gendarmería lo desapareció. Llevó mucho tiempo hacer que funcionarios del gobierno nacional reaccionaran, si podemos considerar que han reaccionado. La primera respuesta fue negar y tapar todo. Lo que pasa es que la violencia es socialmente legítima o ilegítima. Y la responsabilidad o rol del estado es determinante para ese discernimiento. No hay sociedad sin violencia. Cuando el Estado provoca un hecho de violencia ilegal hay un colapso conceptual extremadamente grave. En otros tiempos de la Argentina esto era dominante; la dictadura sin ir más lejos. Está claro que hoy no pasa lo mismo, pero aunque sea en otra escala, estamos en una situación particularmente grave.

-¿Qué es una situación de violencia socialmente legítima?

-La guerra. Sin dudarlo. La guerra no es sólo una situación de violencia legítima, sino que además está prestigiada y no tiene ningún tipo de condena. El crimen en contexto de guerra está socialmente aceptado. Es una usina de heroísmo. Recuerdo que hace unos años se hizo un traslado del sable corvo de San Martín. Lo llevaron por toda la ciudad durante tres o cuatro horas. Al final, en un acto emitido por cadena nacional, Cristina Kirchner lo guardó en el Museo Histórico Nacional en una vitrina. Pero durante ese periplo era muy interesante ver cómo se trataba ese objeto como una reliquia, con la resonancia y la religiosidad que la palabra puede tener, que es mucha. Era una reliquia laica de rituales patrios. Ese sable corvo, por muy importante que sea lo que representa para nosotros, sigue siendo un sable. Y un sable es un instrumento para matar, pero como sirve para matar en guerra y por la Patria, empuñada por el padre de la Patria, esa violencia está exaltada y legitimada.

-En varias entrevistas habla de Rodolfo Walsh. ¿Está bien recordado para usted? ¿Es el fundador del periodismo? ¿O el referente periodístico argentino más importante del siglo XX?

-Cuando los escritores toman las armas en sentido literario, las clases dominantes toman las armas en sentido literal. Walsh dejó de lado la ficción y pasó a la no ficción porque buscaba una eficacia que la ficción no le podía dar y de esa manera le asignó a la escritura y a la literatura un poder de transformación social. Si yo me siento frente a una computadora o frente a una máquina de escribir no me siento frente a un arma política porque yo no me doy ese valor a mí, no me asigno esa potencia. La literatura si puede ser pensada como un arma política, pero porque las non fiction también son literatura, y ahí fue donde se volcó Walsh. Alguna vez Pablo Ramos hablaba de la máquina de escribir como eso mismo, como un arma política. ¿Es una forma de intervención metafórica en el campo social y político? Sí. En el caso puntual de Walsh, él no hizo solamente de la máquina de escribir un arma, ni se quedó solamente en involucrarse con la lucha armada, sino que también pensó en la necesidad de las armas. Fue más allá y pensó literalmente en las armas para producir un proceso de transformación social. Como dije, cuando los escritores toman las armas metafóricas o literarias, las clases dominantes toman las armas literales. Por eso conviene estar avisados sobre eso.

-¿Por qué dijo en una entrevista que hay que dejar de endiosar a la lectura?

-Porque hay mucha hipocresía en torno de la lectura. Es especialmente alto el desfasaje entre lo que se dice y lo que se hace. Porque nos podemos preguntar realmente, ¿qué otra práctica social goza de tanto prestigio? Todo el mundo habla bien de la lectura. No conozco a nadie que diga que la lectura no es buena, que no la recomiende, que no la considere conveniente. Soy profesor de literatura y me encuentro todo el tiempo con halago, prestigio y admiración. Es casi unánime. Y termina pasando que la lectura como práctica social, efectiva y concreta es muy minoritaria. ¿El problema es de plata? ¿Los libros son caros? Se puede explicar en términos económicos, pero en parte nada más. Hay libros muy caros, nadie lo discute, pero en cualquier librería de viejo, en Avenida Corrientes por ejemplo, tenés literatura de altísimo nivel a 40 o 50 pesos. Incluso a 30. Y no hablamos de autores buenos y listo, sino que hablamos de lo mejor de la literatura universal. No son problemas económicos, sino obstrucciones, filtros conscientes, prejuicios que se tienen. Pasa también con el Teatro Colón. La platea es cara, pero el gallinero no. Es más barato que el fútbol. Escuchaba que una entrada para un partido internacional ahora que juegan River y Lanús vale 700 pesos. Ahí ya es un abuso. Pero una entrada a la primera B Metropolitana vale lo mismo que una platea en el Colón. A veces hay un imaginario de restricción económica que no responde a una realidad. En esa veneración permanente de la lectura termina habiendo algo disuasorio que no estimula la lectura, como busca hacerlo. El endiosamiento en vez de ser un acercamiento a la literatura y a la lectura termina siendo todo lo contrario. Termina siendo una sacralidad que produce admiración pero también distancia. Lo sacralizado es venerado, pero nos parece que no está a nuestro alcance. Cualquier objeto venerado está puesto ahí para ser adorado y al mismo tiempo para nunca ser alcanzado. Ciertas mitologías de la lectura promueven ese endiosamiento. Todo el mundo admira la lectura, los libros, y lo que es leer, pero al mismo tiempo todo el mundo considera que no está a su alcance, que es para otros. A eso hay que quitarle el aura para desactivar esa idea de que no es para uno. Hay que sacarle halo a los escritores y devolverle a la escritura, a la lectura y a la circulación de los libros un grado social profano, accesible, cotidiano, porque esa carga de endiosamiento termina siendo disuasoria. Leer es tan amigable que parece que no es para uno.

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