Las obras interminables de Max Gómez Canle

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Por Lola Schenone

Hay algo casi infantil en los retratos intervenidos de Max Gómez Canle que hasta el 23 de diciembre se expusieron en la Fundación Federico Klemm (Marcelo T. de Alvear 626) con el título Condición y Cabeza. “De chico, cuando miraba láminas de cuadros por ahí veía una parte de un cuadro, y me imaginaba qué sucedía ahí y cómo continuaba esa obra”, decía el pintor en un editorial publicado en el suplemento Radar del diario Página/12 en 2007.

Desde siempre había realizado copias de las pinturas que le hubiera gustado tener en su casa, obras de Bruegel, de De Chirico, de Malevich. Entre ellos había empezado a copiar un retrato de un niño realizado por Brunzino. «Y en un momento lo vi a ese niño Médici todo peludo. Lo vi con ese orgullo de esa familia pero peludo, bestial”, decía en 2007. “Al mismo tiempo yo venía preparando un grupo de obras que surgió a partir de ver La bella y la bestia, de Cocteau. En esta serie se insertaba este cuadro “rehecho y continuado”. Fue el comienzo de lo que sería hoy el eje de la exhibición: imágenes de madonas, Adán y Eva, La sagrada familia, y por supuesto, la Gioconda, todas continuadas narrativamente por algo tan simple como transformador: pelos.

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La sagrada familia según Gómez Canle

A partir de Retrato de una niña cubierta de pelo, de Lavinia Fontana, cuadro que Gómez Canle descubrió hace aproximadamente una década, surgió la idea de rehacer y continuar obras de otros autores. La niña, Antonieta Gonsalvus, había heredado la enfermedad hipertricosis de su papá, Petrus, que de chico había sido llevado como rareza al rey de Francia, que se convirtió en su tutor y se ocupó de su educación. De grande fue embajador en Parma y encargó retratos de sus hijos “peludos”, que aparecen en los cuadros distinguidos y orgullosos: “Para mí tiene algo tan de la condición humana como pocos retratos que yo haya visto. Lo mandaría en las naves Voyager, ésas que van con discos, con sonidos de la tierra y fotos para que si alguien la encuentra entienda algo de la humanidad. Porque hay algo esencial en este retrato, y eso que tiene una “deformidad”, pero es algo que va más allá, tiene algo de la fragilidad, de la soledad y al mismo tiempo de la gracia y la necesidad de decir quién sos y de aceptación”, decía Gómez Canle sobre el
retrato de Antonieta.

Fue a principios del siglo XX que Marcel Duchamp dibujó un bigote sobre la Mona Lisa de Leonardo Da Vinci, transformando la obra pictórica más emblemática del Renacimiento en algo nuevo. Federico Baeza, Licenciado en Arte y Doctor en Teoría del Arte, escribe en el texto que precede el catálogo de la muestra Condición y Cabeza: “MGC vuelve sobre el gesto, pero para detenerse en su factura, para desbordarlo, para insistir, para pintar detenidamente pelo por pelo hasta volver al mismo bigote una nueva obra y así trastocar el rechazo duchampiano al estatuto artístico”.

Una de las series más llamativas de la muestra que incluye las obras Rosalba, Ludovico proyectando, Sofonisba con collar y Los vivos, tiene un eje en común que está representado en colores. Casi todos tienen en algún lugar el reflejo o dibujo de una paleta de pasteles que asemejan una salida del sol. Está en los anteojos de Ludovico, en el cuadro que sostiene Rosalba, en forma de collar/víbora en Sofonisba. En una primera mirada resultan invisibles pero se vuelven irresistibles a los ojos del visitante que dedica a las obras unos minutos, como un acertijo a descifrar.

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Ludovico proyectando, una de las obras de Max Gómez Canle

Y al final de la muestra, o al comienzo, está la Mona Lisa, aquella que Duchamp modificó con un bigote, en este caso “desbordada” por el arte de Gómez Canle. Pintada sobre una reproducción todavía en un libro, este famosísimo retrato de Lisa Gherardini se transforma en un “peludo” más, casi como la travesura infantil de un adulto que de chico soñaba con continuar las pinturas con las que se cruzaba y hoy ha hecho de ellas su propio arte.

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