Imágenes de una quema de libros durante la dictadura

Por Sofía Rey / Fotos: Ricardo Figueira

De las muchas quemas de libros que hubo durante la última dictadura cívico-militar, una quedó, sorprendentemente, muy documentada. La muestra Memoria en llamas: La quema de libros del Centro Editor de América Latina, en el Centro Cultural de la Cooperación, rescata ese testimonio. Se trata de fotografías tomadas por Ricardo Figueira, historiador y editor, que registran cómo ardieron 24 toneladas de libros, fascículos y discos. El 26 de junio de 1980, por órdenes del juez Héctor Gustavo de la Serna, un camión de la policía cargó todo el material que se encontraba en el depósito del Centro Editor de América Latina (CEAL) en Sarandí, partido de Avellaneda, lo descargó en un descampado a pocas cuadras y lo prendió fuego. Hoy todo ese proceso se puede ver paso a paso.

Alejo Moñino, periodista y documentalista, conocía la historia por ser vecino de Avellaneda. En el 2015, con motivo de los 35 años de la quema, se le ocurrió armar unos micros documentales sobre esta historia. Mientras investigaba, descubrió que no solo había testigos a los que podía entrevistar, sino que además “era una de las quemas de libros mejor documentadas de todas las que se han hecho en la Argentina, que fueron muchas en la época de la dictadura”. Con el apoyo de la Municipalidad, produjo dos cortos que pueden verse en YouTube: La quema de libros en Sarandí: La historia y La quema de libros en Sarandí: Los testigos:

 

El CEAL había sido creado en septiembre de 1966 por Boris Spivacow, licenciado en matemáticas y ex gerente de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba). Era una editorial de divulgación que “no iba dirigida a los intelectuales, sino a la gente común”, cuenta Figueira. En diciembre de 1978, llegó de casualidad una inspección municipal al galpón donde se almacenaban los libros, en la esquina de Agüero y O’Higgins, en Sarandí, y descubrió algunos títulos que le llamaron la atención. Tras esta inspección de rutina, en la que los agentes se llevaron ejemplares de Historia del movimiento obrero, de la revista Historia Popular, del libro de bolsillo Poder soviético, los seis tomos de la Enciclopedia de los grandes fenómenos de nuestro tiempo, y dos discos de Voces de estadistas del Siglo XX, el galpón quedó clausurado.

“Dicho secuestro lo es en forma parcial, ya que debido a la cantidad existente de los mismos, el cual supera a varios centenares de miles, es imposible proceder”, declaró Hugo Reyno, jefe del Escuadrón de Caballería que participó del operativo en carácter de “auxilio de la fuerza pública”, ante la Policía. Luego de la clausura, se elaboró un informe de inteligencia que distinguió entre “Material no cuestionable” y “Material cuestionable”. Los empleados que trabajaban en el depósito, Juan Campos, Benito Villamayor, Alberto Giovanoli y Wenceslao Araujo, quedaron detenidos. Se inició la causa 84.669/78 por presunta infracción a la Ley 20.840: “Contra el que intente o preconice por cualquier medio, alterar o suprimir el orden institucional y la paz social de la Nación”, que quedó a cargo del juez federal de La Plata, Héctor Gustavo de la Serna.

Dos días después se presentó voluntariamente ante los tribunales Boris Spivacow, que tenía 63 años y era el gerente general del CEAL. Afirmó ser el único responsable de la política del sello, desde la selección de los títulos hasta su comercialización, y dijo que los empleados solo “se limitaban a cumplir las órdenes e instrucciones que recibían, sin poder de decisión alguno”. Spivacow declaró, tal como le habían asesorado sus abogados, que el material hallado en el depósito era remanente que tenía pensado “vender como rezago de papel viejo, inutilizado y por kilo para ser empleado como pulpa de papel”, dado que había bibliografía “impregnada de determinado cariz ideológico”, que el propio sello “consideraba inadecuada”. Su declaración resultó clave porque “el juez entendió que había buena predisposición de parte del dueño de la editorial”, explica Moñino. Los trabajadores fueron liberados seis días después.

“La causa judicial duró más de un año. La clausura del depósito fue en diciembre del ‘78 y la quema se produjo en junio del ‘80”, cuenta Moñino. “Hoy se sabe cuánto fue lo que se quemó, 24 toneladas, porque el camión que cargó los libros en el depósito hizo dos viajes y antes de tirarlos en un baldío que había cerca fue pesado en una balanza industrial. Todo fue consignado en expedientes de la época. Se calcula que fueron un millón y medio de ejemplares los que se prendieron fuego”, agrega.

camion de libros
El camión hizo dos viajes y quedó registrado en expedientes que llevó 24 toneladas de libros.

“Lo increíble, insólito y cínico de la situación es que el juez ordenó que la editorial fotografiara el proceso en el que los libros se quemaban, para que después esas fotos pudieran constar en la causa y chequear que no fueran robados, sino que efectivamente se incendiaran”, continúa Moñino. “El juez dictaminó: todo este material hay que retirarlo de circulación y debe ser quemado. Boris me comenta esto y me dice ‘Bueno, Chiquito, tenés que mandar un fotógrafo’. Chiquito era yo, que coordinaba a los fotógrafos de la editorial. Pero no quise mandar a nadie para no exponerlo, así que decidí ir yo”, recuerda Figueira.

Junto con Figueira fue otra editora del CEAL, Amanda Toubes. “Fuimos caminando al lado del camión que se llevaba los libros. Los policías iban armados hasta los dientes, ridículamente vestidos, para hacer la fogata. Si hubo una cierta alegría ese día, fue que los libros no se quemaban”, rememora Toubes. “Vino uno de ellos a pedirnos plata para comprar nafta. Lo único que nos faltaba: darles mangos a estos tipos para que quemaran los libros”. “Mientras tanto, un policía, que parecía que era el que mandaba, me dijo ‘¿Usted es el fotógrafo? Bueno, tiene que quedarse hasta que todo esto sea ceniza’. Ni bien pude, ni bien me pareció que tenía material suficiente, me fui”, relata Figueira.

quema de libros testigos
La editora Amanda Toubes acompañó al fotógrafo Ricardo Figueira a registrar la quema.

“Los libros ardieron durante tres días, algunos habían estado apilados y se habían humedecido, así que no prendían bien. La colección que yo dirigía, Nueva Enciclopedia del Mundo Joven, fue quemada íntegra”, describió Graciela Cabal, escritora y editora del CEAL fallecida en 2004. Otras colecciones que desaparecieron fueron Siglomundo, Documento Popular, Transformaciones, Historia del movimiento obrero, Historia Popular, Enciclopedia de los grandes fenómenos de nuestro tiempo, y los discos de Voces de estadistas del Siglo XX.

“Todo eso lo documentaron en 29 fotos que sacó Ricardo. Se las entregó al juez, pero se quedó con los negativos. Y los tuvo guardados durante muchos años. Algunas de esas fotos se publicaron en libros y en notas periodísticas, pero el conjunto permanecía oculto en su placard, no había salido completo a la luz”, cuenta el documentalista. “Cuando logro dar con él y con Amanda, les propongo entrevistarlos para este trabajo y vamos a la casa de Ricardo. Para mi sorpresa, no solo existían una o dos fotos, como había visto en publicaciones que investigué, sino que estaban todas, tenía el rollo completo”. En ese momento, Moñino le propuso a Figueira armar una exhibición. “Le dije que esas fotos debían darse a conocer. Como él no quería asumir esa tarea, pero al mismo tiempo es una persona muy generosa, me dijo: ‘Si te querés encargar, hacelo vos. Yo no tengo problema, te doy los negativos’”.

Así fue como, además de incluir las fotos en los dos micros documentales, Moñino se convirtió en el curador de una muestra que empezó a viajar y a multiplicarse en distintas partes del país y del mundo. “De las 29 fotos hay algunas que son muy parecidas entre sí, entonces decidí tomar 17, que son las más representativas”, explica el curador. La muestra ya se exhibió en escuelas, centros culturales, bibliotecas populares, espacios de memoria como el Haroldo Conti y El infierno de Avellaneda, en las universidades nacionales de Avellaneda, La Plata, San Luis y Entre Ríos, en el Museo Archivo Fotográfico de la Ciudad de México y en el hall de la Universidad Autónoma de México.afiche memoria en llamas

Moñino, además, está preproduciendo un largometraje documental sobre el tema. “Este proyecto que hoy se llama Memoria en llamas tiene dos aristas bien definidas. Una es su parte de muestra y de exhibición fotográfica. Y la otra es la que estoy haciendo ahora, esta película que espero tener lista para el año que viene, con los testimonios de varias personas que cuentan cómo fueron otros episodios de censura y de destrucción de libros por parte de la última dictadura cívico-militar”, cuenta.

La muestra está dedicada a Daniel Luaces, trabajador de la editorial, que fue secuestrado y fusilado por la Triple A en 1974. “La desaparición, tortura, muerte, arrojo al río y quema de los cuerpos, eso era nuestro país. Por eso yo digo siempre: los libros se reponen, más allá del gusto que uno tenga, los cuerpos no”, concluye Toubes en uno de los videos documentales. “Lo que aquellas bestias de uniforme no sabían, lo que aquellos oscuros dictadores y funcionarios cómplices nunca imaginaron, fue la certeza de que aunque el fuego destruye todo, libros incluidos, jamás pueden destruirse el saber, los sentimientos, y la memoria”, narra en el otro Mempo Giardinelli, escritor que debió exiliarse en México durante la dictadura.

Memoria en llamas se puede visitar en el primer subsuelo del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (Av. Corrientes 1543, CABA) de lunes a sábados de 14 a 22 hs y domingos de 17 a 20.30 hs, hasta el 24 de abril.

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