El vaporwave argento

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por Franco Rosso Lobo y Juan Zapata

Estados Unidos tiene el blues, Argentina el tango y la República Separatista de Internet, el vaporwave. Sea un meme de moda o una expresión artística posmoderna, algo indiscutible es que el vaporwave es el primer género musical nacido y criado en la web. Otra particularidad es que lleva consigo todo un culto sobre lo a e s t h e t i c -estético; derivado estilizado de la filosofía del arte y el estudio de la belleza-.

Un buen ejemplo de lo que significa sería esta versión de «La chica de humo» del Teto Medina. A la música la acompaña un hipnótico diseño que mezcla columnas de mármol, una playstation, rosas, botellas de agua, incripciones en coreano y la mismísima cara del Teto. Algo que sí o sí llama a la vista.

Esta belleza extraña del vaporwave es también, estrictamente, una glorificación de la nostalgia. Por eso las tapas de los discos incluyen esculturas griegas, colores flúo, referencias a sistemas operativos viejos e imaginería noventosa. Ese pastiche visual que se podría definir como el hijo abortado de Miami Vice y MTV es, de alguna manera, la quintaesencia de lo que representa la música vaporwave. Ritmos lentos, sampleos de músicas pasadas de moda sobresaturadas y altas dosis de cultura pop oscura. Todo esto mezclado en la licuadora del cerebro de algún inadaptado (Macintosh Plus, el primer artista vaporwave, entre una larga lista de nombres impronunciables) dio semejante resultado.

En Argentina este género es popular únicamente entre los curiosos y los fuertes consumidores de memes. La particularidad es que acá la producción original es casi nula. En su lugar existen canciones que reversionan viejos jingles como «Menem lo hizo» y «Hola Susana».

    

También se encuentran viejos temas como «La Pachanga» de Vilma Palma e Vampiros, todo pasado por un filtro de propagandas perdidas en los noventa. El resto es mejor escucharlo para entenderlo.

 

 

 

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