El valor de la historieta argentina

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Por Franco Rosso Lobo

La Argentina es un país con una amplia tradición en la historieta. Comenzó, como escribe Laura Vázquez en su libro El oficio de las viñetas, “en el transcurso de las décadas del cuarenta y cincuenta”. Por entonces, gracias a títulos como Patoruzito y Rico Tipo, el cómic se instaló como un producto cultural de masas. En 1957, apareció la revista Hora cero semanal, donde Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López publicaron las tiras de El eternauta, una de las primeras novelizaciones de la historieta. Con ese cimbronazo, el medio cambió para siempre en el país.

Al día de hoy es que se cuenta al género dentro de las artes que, por demanda de la cultura popular, se colaron entre las bellas establecidas por Canudo. Por eso, su validez como tal es algo que sigue en discusión. Principalmente por su objetivo. La pregunta entonces es, concretamente: ¿Debería ser considerada la historieta como una de las «bellas artes»? Para el guionista Diego Agrimbau “a veces puede ser arte y a veces no”. “La historieta en tanto lenguaje secuencial universal se utiliza para manuales, para las instrucciones de seguridad de los aviones y muchos otros usos no artísticos”, señala el escritor de El asco.

“El afán estaba puesto en contar historias, no figurar en libros de arte o en la pared de un museo”, asegura Quique Alcatena, que publicó su primer trabajo como dibujante en 1976 y, sobre si los ilustradores eran considerados artistas en ese entonces, sentencia: “No había veleidades artísticas”. Pero, paradójicamente, sí eran prestigiosos en el exterior, como cuenta Eduardo Risso: “Sin lugar a dudas, fue trabajando para los Estados Unidos que un reconocimiento y respeto me llegó con gran amplitud”. Mientras, para Alcatena “trabajar para el mercado de historietas estadounidense no es la coronación de la carrera de nadie”. El coautor de Barlovento considera que sólo se logra una “exposición mayor” ya que se trabaja con personajes “instalados en el imaginario universal” y que todo eso para él no significa “nada más que otra posibilidad de trabajo sin ningún lauro artístico”.

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El guion del cómic Barlovento es de Eduardo Mazzitelli y los dibujos, de Quique Alcatena.

Entonces, ¿qué pasa con los viejos maestros como Breccia y Meglia? Si en su momento estos padres fundadores fueron considerados “artesanos calificados”, como indica Agrimbau, ¿quiénes elevan el estatus artístico de historietistas como ellos? El año pasado se publicó por primera vez El eternauta traducido al inglés, de la mano de la editorial Fantagraphics. Curiosamente, fue también la primera vez que al trabajo de Oesterheld y Solano López se le dio una edición de lujo desde que fue publicada. Tan bien recibido fue este tomo que ganó el Premio Eisner en la categoría de Mejor Colección de Archivo.

Diego Agrimbau: “La historieta a veces puede ser arte y a veces no”

Recién a principios de 2016 fue que una edición nacional de El eternauta vio la luz en formato amplio y de tapa dura. Según Agrimbau, para ella se reescanearon y digitalizaron dos tercios de los originales. “El tercio restante está en manos de un coleccionista que no quiso entregarlos pese a que legalmente él no tiene los derechos sobre la obra”, especifica el guionista de Los autómatas del desierto y agrega que “hay muchos autores argentinos que, sin llegar a esas cifras, ven sus originales circulando por el mundo sin ningún tipo de regulación ni catalogación”. Todo apunta a que afuera la historieta argentina es apreciada con otros ojos.

Esto conlleva otra pregunta: ¿qué sucede cuando el cómic comienza a tener precios que se acercan a los del arte plástico? A fines de abril de este año se subastaron dos páginas originales de Tintín en 1,2 millones de dólares, cifra que ni siquiera es récord para una historieta de Hergé. Para los especialistas, el mercado despegó en los últimos años cuando los coleccionistas se dieron cuenta de lo subvalorados que eran los trabajos originales y que los artistas de comics son verdaderos talentos.

Si las reediciones son un problema y los originales pueden llegar a valer cientos de miles en el exterior, ¿no es mejor que —como el humor gráfico tiene en la Ciudad de Buenos Aires— se fundara un Museo de la Historieta? Alcatena opina: “Las historietas no necesitan estar colgadas en las paredes de los museos para ser jerarquizadas, del mismo modo que Dylan no necesita del Premio Nobel para ser definitivamente considerado un gran artista: ya lo hizo la cultura popular antes que la academia, por suerte”.

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