El festival, con mayor presencia en las villas

Por Noel Laguna, Rosario Jiménez Calabrese, Noelia Rios y Celeste Sablich

La vigésima edición del Festival de Cine independiente de Buenos Aires volvió, con entrada libre y gratuita, a los barrios carenciados de la ciudad. Los Piletones, Complejo Padre Mugica, Lugano I y II, Rodrigo Bueno, Saldías, Los Perales, 21.24, Barrio 31, 1.11.14, Playón de Chacarita, Cildañez y Fátima fueron los lugares elegidos para las proyecciones y talleres.
“La idea por la que elegimos ir a los barrios es porque queremos llegar a la mayor cantidad de personas posibles con la propuesta del festival”, dice el programador Juan Manuel Domínguez, quien también fue el seleccionador de las películas para esos lugares.
El 28 de diciembre de 1895, los hermanos Louis y Auguste Lumière realizaron la primera exhibición pública de imágenes en movimiento. A partir de ese momento y hasta la aparición de un espacio llamado cine, el cinematógrafo se convirtió en un espectáculo de feria, popular y barato, que viajaba de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad para poder ser disfrutado por todos los públicos. En pleno siglo XXI, ir al cine no está al alcance de cualquier bolsillo y desde hace tres años, bajo la dirección de Javier Porta Fouz, Bafici acerca la gran pantalla a los más necesitados. En 2017 fueron siete los espacios elegidos para las proyecciones y para este año el número aumentó a doce.
Según la directora argentina Jimena Blanco, “el Bafici sirve para acercar a la gente al cine”. Para conseguir este objetivo, el festival proyectó en las villas filmes que forman parte de la sección Baficito, apartado del festival pensado para los más pequeños, pero con el objetivo de que todos los vecinos, sin importar la edad, puedan disfrutar de las películas. En su experiencia como programador encargado, Domínguez sostiene que “las películas que se proyectan al aire libre se desprenden de la programación, no responden a otro criterio que mostrar las elecciones de la sección”.
Y agrega: “En este caso, Bacifico, en funciones fuera de una sala de cine. ET se da en salas y al aire libre. Los Muppets y 31 minutos también”. Las reposiciones de los clásicos ochenteros E.T. el extraterrestre y Los Muppets conquistan Manhattan, fueron vistos junto a los estrenos en Argentina de El libro de Lila, primera película de animación hecha en Colombia; 31 minutos, la película, basada en la serie para televisión de títeres chilena; y los filmes del irlandés Tomm Moore  Song of the sea y El secreto del libro de Kells.
Todas las reposiciones fueron juzgadas del mismo modo que las películas que se proyectaron en la sección para mayores de 18 años.
Bafici completa su programa en los barrios carenciados con la organización de talleres sobre aspectos relacionados con la interpretación y producción cinematográfica. En Los Piletones, los chicos eran invitados a participar en un workshop de animación con la dirección de Cartoon Saloon; mientras que en Cildañez, los niños mayores de 12 años, aprendieron a hacer películas con sus celulares. Además, hubo cursos de actuación en el Centro Cultural La Loma (Barrio 21-24) y construcción de marionetas, con artistas chilenos, en Fátima.
“Que el BAFICI se extienda y amplíe su radio de proyección es un gran logro. Sacarlo del circuito central de la ciudad hace que más público se entere de su existencia y no tenga que viajar mucho para poder disfrutarlo”, dice el crítico de cine y jurado Javier Luzi, “que algunas de las sedes para el festival sean barrios carenciados es obligación del Estado porque deben tener políticas culturales y pensarlas como una inversión y no como una oportunidad de generar ganancias”.
Con un programa lleno de películas y el agregado de los talleres, el objetivo es que el público “se enamore de las películas, y por ende del cine”, dice Domínguez.

Hoy voy al cine

bafici en villas 1

José Javier tiene cinco años, nació en Trujillo (Perú) y vino a vivir a Buenos Aires con sus padres antes de cumplir dos. Residen en el Playón de Chacarita conocido como la Villa de Fraga. “Al principio paramos en casa de mi hermana”, narra Arelis, la mamá de José. El chico dormía junto a sus papás, su abuela y una prima en una misma pieza. Compartía cocina-comedor y baño con sus tíos y dos primas más, que pasaban las noches en un tercer ambiente. “Recién el año pasado terminamos nuestra casa”, cuenta Arelis. El hogar se ubica sobre el techo de su hermana y para acceder hay que subir una escalera situada en el patio que todavía comparten.
La pasada noche José “no dejó dormir a nadie”, dice su mamá. “El chiquillo está nervioso, se despertó cuatro o cinco veces a la madrugada. Nos tiene a todos con sueño.” “¡Ni que nunca hubieras visto una película, hijo mío!”, exclama. La respuesta del pequeño es contundente: “En el cine no”. Porque José nunca pisó un cine, no sabe qué es ver una película en la pantalla grande, con otros niños, con otros padres, en silencio, a oscuras. Arelis arenga a su hijo: “Si estás harto de ver dibujitos en la tablet y en la tele”. Pero, en un aparte, mientras José habla con Juan, su papá, Arelis confiesa que le hubiera gustado llevarlo al cine, “pero no está al alcance”. Hoy va a ser su primera vez.
Cerca de casa, en el corazón de la villa, la pantalla del Baficito está dispuesta sobre el remolque de un camión ploteado con el logo de la vigésima edición del Festival. Los colaboradores de Bafici acomodan al público, entre el que se encuentra gente que no vive en la villa, y ofrecen pochoclos y agua a niños y adultos. La gran pantalla se prende y comienza Song of the Sea dirigida por el irlandés Toom Moore. Las voces de los niños son sofocadas por un generalizado “Shhhh”. Durante los siguientes 90 minutos solo se escucha el crepitar de los pochoclos y los ruidos de las casas, ubicadas en las laberínticas calles, que desembocan en la explanada donde se encuentra el cine ambulante.
Terminada la película, Juan, Arelis y José caminan de vuelta a casa. “Los ojos como platos y no ha pronunciado palabra durante la hora y media que ha durado”, describe Arelis sobre la reacción de José mientras veía la película. “Había dos niños, de otro país, que se transformaban en focas y luchaban contra unos fantasmas muy malos para rescatar a las hadas”, resume José. “Me ha gustado mucho, se ve todo muy grande. Quiero mirar más dibujitos así”, pide José a sus padres. Juan mira al suelo y remueve con el pie una colilla, “espero que el año que viene vuelvan”, dice, y agrega: “Espero que no venga gente de afuera del barrio, ellos tienen sus cines, esto es para nosotros”.

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