Centros culturales denuncian clausuras reiteradas y sin justificación

Por Abril Chiesa 

“Los espacios culturales estamos sufriendo una persecución”, sostiene Alejandro Falcone, coordinador de Vuela el Pez. El espacio fue clausurado en dos oportunidades en el último mes, aunque tenía todos sus papeles en regla.

El 25 de agosto, la ACG (Agencia de Control Gubernamental) se presentó y, sin contabilizar las personas del lugar, alegó que la sala se encontraba excedida en capacidad. También adjudicó la clausura a que el trabajador de la puerta no estaba registrado en la Dirección General de Servicios de la Seguridad Privada. Los agentes de control no siguieron el procedimiento establecido para realizar una inspección, no miraron los papeles de habilitación ni revisaron las condiciones de higiene y seguridad.

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“El viernes 25 llegaron en la camioneta blanca a las tres de la mañana. Ese es el horario en el que caen cuando vienen directamente a clausurar, si vienen en plan de inspección pasan tipo ocho de la noche. Hablaron de un supuesto exceso de capacidad que nunca constataron, no contaron a la gente. Otro de los motivos de su decisión fue que el compañero, que hace de anfitrión en la puerta, no era un patovica”, explica Falcone.

En enero, Vuela el Pez vivió una suceso muy similar por el que se organizó el festival “La cultura no se clausura”. “La misma situación del patovica en la puerta fue la excusa para clausurarnos en el verano. En esa oportunidad, un juez de faltas falló a nuestro favor. Estableció que no estábamos afectados a esa reglamentación, estamos inscriptos como un teatro independiente clase B, con capacidad para 100 personas. Queremos volver a manifestar que no se corresponde con nuestro funcionamiento, con nuestra manera de pensar, con nuestra manera de construir y hacer las cosas, poner un patovica en la puerta”, comunicó la organización del centro cultural en un posteo de Facebook.

Recién el lunes 28 los coordinadores de El Pez pudieron concurrir a la AGC a reclamar, porque el sábado y el domingo la oficina está cerrada. “Vienen los viernes porque te comés la clausura todo el fin de semana. Nuestros espacios viven del dinero que se recauda los viernes, sábados y domingos. Así se pueden bancar otras expresiones artísticas que tienen lugar durante la semana, que no llegan a cubrir los costos pero que a nosotros nos parece importante que se contengan. Nunca nos clausuraron un martes. A la clausura no la podés levantar el sábado ni el domingo. Fuimos ese lunes 28 a reclamar que no había ninguna prueba de que estuviéramos excedidos de capacidad. Ellos se toman 72 horas hábiles para mandar ese expediente al controlador que es la persona que falla a favor u en contra de tu reclamo. De mínima tenés hasta el miércoles para que actúen respecto de tu clausura, esto si va todo a la velocidad de la luz. Es casi una semana que el espacio no trabaja”, relata el coordinador de Vuela el Pez .

El viernes siguiente, 1º de septiembre, luego de que los habilitaran, se repitió la situación. Los agentes llegaron y clausuraron de nuevo el lugar, que se mantuvo cerrado por otra semana más.

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“Nosotros estamos completamente a favor de los controles, imagínate que el Estado es el que tiene que garantizar la seguridad de todos y de todas. Pero la clausura es una medida muy gravosa. Cuando ellos toman esa decisión están dejando un lugar sin trabajar, sin programar. Artistas que se quedan sin expresarse, trabajadores y productores sin su laburo. Es toda una cadena, debería haber más conciencia por parte de los inspectores. Hay que hacer todo antes de clausurar. Vienen más de cinco veces al mes, cuando sabemos que hay grandes discotecas a los que no van nunca. La balanza está claramente inclinada. Cuando se sancionó la ley de centros culturales los que estaban en contra eran los dueños de los grandes boliches. Entiendo que, tal vez, son ellos los que no quieren que estos espacios prosperen. No sabemos qué tanto responden el director de la AGC y el Ministerio de Cultura a ellos”, sigue Falcone.

La problemática que viven los espacios culturales y los clubes de música es bastante trasversal. Este mes también fueron clausurados el bar Liverpool y los espacios culturales La comunidad del sótano y El desparrame.

“Nos clausuraron el 2 de septiembre. Luego de dos horas de recorrer el lugar decidieron que lo cerraban. Los argumentos fueron adjudicar a requisitos que no tenemos que cumplir porque no rigen para nuestro rubro. El trámite para levantar la clausura fue de 12 días, la controladora de faltas dijo que se tenía que hacer una inspección previa para ver si se habían subsanado las faltas. Tuvimos esa inspección, constataron que cumplíamos con todo lo que teníamos que cumplir. Esto nos afecta mucho económicamente, somos un espacio sin fines de lucro, todo lo que recaudamos es para afrontar los gastos de mantener el espacio abierto. Tuvimos que bajar fechas programadas, quitarle el espacio a artistas y quitarnos el ejercicio del derecho a la cultura, de producir y de acceder a ella. Sabemos que la persecución se debe a que el gobierno no quiere lugares que permitan crear, difundir y acceder al arte crítico. Arte que escapa de los canales institucionalizados, que genera libertad y unión”, sostiene  Santiago Cané, parte del equipo de El desparrame y miembro de la organización Abogados Culturales.

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